jueves, 7 de noviembre de 2013

Trabajemos por la Paz

En esta hora angustiosa del mundo, que teme el desastre de una nueva guerra, la juventud tiene un hermoso derecho, que es, al mismo tiempo, un imperioso deber: trabajar por la paz. Pero trabajar por la paz no ha de ser simplemente propaganda de palabras, sino ejemplo de buenas acciones. A la paz hemos de contribuir refrendando nuestros ímpetus, particularmente la cólera y el odio; evitando las pugnas, sobre todo aquellas que acaban por distanciar a las familias y a los amigos; perdonando a quienes nos hicieron mal y desean sinceramente una reconciliación con nosotros. Pero a la paz hemos de contribuir también en una forma activa: procurando en cuanto de nosotros dependa, el mayor bien a nuestros semejantes; coadyuvando en cualquiera obra que tenga por objeto propagar los principios cristianos y democráticos, que aconsejan amor, ayuda, igualdad de oportunidades para todos; desprendiéndonos de un poco de lo nuestro - espiritual y material -, en bien de cuantos nada tienen. Porque la paz no podrá cimentarse nunca entre la opulencia de los poderosos y la miseria de los desheredados; entre la injusticia, el deshonor y el odio. La paz no será, por tanto, un fruto espléndido y permanente de nuestra civilización, hasta cuando hayamos contribuido a mejorar el mundo con la rectitud de nuestro pensamiento y con la generosidad de nuestra conducta. Sólo entonces, el mundo dejará de entregarse a la más infecunda y suicida de todas las tareas: a su propio desastre.

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