domingo, 10 de noviembre de 2013

Bendito sea el hogar

La familia es, sin duda, entre las instituciones humanas, la primera y la más vigorosa, porque el conjunto de seres que la integran está vinculado por los lazos indestructibles de la sangre y del afecto. Y la familia constituye el hogar, dulce y bella palabra que contiene en sí misma todos los motivos del recuerdo, de la realidad y dela esperanza; dulce y bella palabra que reúne en sí misma, como expresión de todo lo grande, cuanto de más noble, de más puro y de más generoso encierran el pensamiento y el corazón de los hombres. Todas estas razones convencen de que la devoción al hogar es uno de los más preciados sentimientos que deben inculcarse en el alma de los jóvenes. Porque, además de los vínculos que lo atan al pasado, en tradiciones de honor o de gloria, el hogar es permanente germen de la vida, porque de él surgen cuerpos y almas para iniciar su peregrinación al infinito; ara de afectos, porque en él conviven, creciendo y amándose en sus acuerdos y en sus diferencias, los miembros de una misma familia, es decir, de un solo corazón; amparo de angustias, porque el hogar es el refugio de nuestras tristezas, y el regazo donde hallamos consuelo y estímulo para seguir luchando. Esforcémonos en hacer del hogar el santuario de nuestros cariños, el venero de nuestras ilusiones, el guardián de nuestras buenas costumbres. ¡Bendito sea el hogar, el hogar amable, el hogar santo, que se aviva con el amor de los padres, con la alegría de los hijos y con el recuerdo de los grandes ausentes!

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