viernes, 8 de junio de 2012

Victoria para quienes perseveran

Iniciar una obra es cosa relativamente fácil: basta con avivar un poco la lumbre del entusiasmo. Perseverar en ella hasta el éxito, es cosa diferente; eso ya es algo que requiere continuado y persistente esfuerzo. Comenzar está al alcance de los demás; continuar distingue a los hombres de carácter. Por eso la médula de toda obra grande, desde el punto de vista de su realización práctica, es la perseverancia, virtud que consiste en llevar las cosas hasta el final. Es preciso, pues, ser perseverante; formarse un carácter no sólo intrépido, sino persistente, paciente, inquebrantable. Sólo eso es un carácter. El verdadero carácter no reconoce más que un límite: la victoria. Y sufre con valor, con serenidad, y sin desilusión, la más grande de las pruebas: la derrota. La lucha tonifica el espíritu; pero cuando falta carácter, la derrota lo deprime y desalienta. Hemos nacido para luchar. La más grande de las victorias corresponden siempre a quienes se preparan, a quienes luchan y a quienes perseveran.

Batalla diaria

Cada día que vives tienes forzosamente que librar una batalla, las más de las veces contigo mismo, contra todas las pasiones que te esclavizan y te enervan. En cuanto sientes indiferencia o temor por la lucha, te derrotas solo, porque la mitad de la victoria está en el ánimo y en la decisión con que te resuelvas al combate. No quieres ir contra ti porque te presumes perfecto, o porque no te agrada perder una comodidad, renunciar a un placer o diferir una complacencia; porque sientes que es mejor aprisionar el minuto presente que iluminar el camino de la esperanza. Pobres seres los que carecen de ideal y de optimismo, y aniquilan su vida; los que, de espaldas al destino, sólo cuentan con el presente, siempre limitado, porque no supieron nutrir sus anhelos y encauzar sus ansias en el mañana prometedor de las victorias. Sonríe a la vida, haz a un lado cuanto impida tu paso, y sigue siempre hacia nuevas cumbres en donde puedas vislumbrar, cada vez en mayor altura, el inmenso horizonte.

Prepárate y Persevera

Cada obra que concluimos despierta nuestro interés y  nuestro entusiasmo por nuevas empresas. Pero hay muchos que nunca dieron fin a una obra, y por eso jamás han conocido la satisfacción de una labor llevada hasta su término. Son de los que siempre empiezan, de los que esperan el eterno mañana para comenzar, de los que viven en pobreza de pensamiento y en miseria de acción. Sé tú de los que piensan, de los que trabajan, de los que obran; de los que llegan hasta el fin, de los que no desfallecen, de los que logran siempre la realización de sus propósitos. Prepárate, persevera y triunfa.

Educa y Fortalece tu Carácter

Propónte firmemente educar y fortalecer tu carácter, templándolo para una vida elevada. No des cabida en tu mente a ideas ociosas, ni alimentes animosidades y desengaños. Cultiva deliberadamente sólo aquellas emociones que te emancipen del yugo del desaliento. Ten siempre a la altura de tu mano algún libro cuya lectura te estimule, te ennoblezca, te impulse a las grandes acciones. Procura vivir tu vida cotidiana en comunión con los grandes espíritus. Y cifra todo tu empeño y todas las energías de tu ser, en desarrollar sin tregua la infinita capacidad de bien y de perfección que hay en tu alma.

Ideas de Winfred Rhoades

Coopera en la medida de tu esfuerzo

Si sólo te preocupas por ti, no eres en verdad inteligente, ni bueno, ni patriota. No vives aislado: formas parte de tu familia, de tu ciudad, de tu patria. El pensamiento, el corazón, el deber, te ordenan coadyuvar al bienestar de tu casa, al prestigio de tu escuela, al progreso de tu ciudad, a la grandeza de tu patria. Coopera, pues, no sólo en la medida de tu deseo, sino más bien en la de tu esfuerzo, porque una idea que realices valdrá más que muchos propósitos incumplidos. Pero ayudar exige de ti renuncia de egoísmos y abundancia de esfuerzos, conciencia y dación, tenacidad y obra.

Combate tu Temor

Combate desde hoy tu timidez y tu temor para que puedas realizar lo que te propongas, y no te derrotes a ti mismo. Proponte abatir tu miedo, tu encogimiento, tu irresolución. Tú puedes lograrlo, pero necesitas querer. Comienza por sobreponerte a las pequeñas dificultades; empéñate luego en vencer aquellos obstáculos que de lejos parecen graves, y cuando te hayas convencido de que es posible hacerlo, te decidirás a emprender trabajos mayores. Así pues, no te desanimes, no te desalientes al principio de cualquiera obra, porque todo lo grande es hazaña y conjunción del anhelo y del dolor.